La semifinal comienza envuelta en una sensación general de incertidumbre provocada por el estado del corredero, claramente castigado por las intensas lluvias caídas en días previos. El terreno, excesivamente húmedo y con amplias zonas encharcadas, hace prever que las condiciones no serán favorables ni para el desarrollo limpio de las carreras ni para el correcto desempeño de las galgas, alterando de forma notable el comportamiento habitual de la liebre en su huida.
La primera liebre arranca desde un punto especialmente comprometido, donde el barro frena cada apoyo y dificulta la aceleración inicial. Ante esta situación, el traillero actúa con criterio y experiencia, demorando la suelta de la traílla para permitir que el animal gane metros antes de que Mosca y Romera entren en acción. Esta decisión, lejos de ser casual, busca compensar la desventaja que impone el terreno y garantizar una carrera justa dentro de un escenario claramente adverso.
Romera, distinguida por el pañuelo rojo, se muestra desde los primeros compases como la galga más decidida y constante en la persecución. Mantiene una distancia corta y presiona con determinación, obligando a la liebre a emplearse a fondo desde el inicio. A pesar del suelo pesado, la pieza logra sostener la defensa durante el primer minuto, resistiendo los envites y demostrando su capacidad de adaptación ante el empuje continuado de ambas galgas.