¿Qué hay de Sierra de Gata?'
Viernes, 20 Agosto 2021

Hablábamos la semana pasada del abandono rural y uno de los ejemplos lo tenemos en la Sierra de Gata. En el verano de 2015 un incendio forestal, el más desastroso de cuantos se recuerdan, calcinó casi 9 mil hectáreas, la mayoría en Acebo, aunque también afectó a los pueblos de Hoyos y Perales, y en menor medida a Cilleros y Villamiel... En concreto Acebo, en apenas dos días vio arrasados sus recursos agrarios, su masa forestal y sus posibilidades turísticas. Sobre esto, reflexiona Felipe Lorenzana, profesor y Doctor en Historia Moderna

Acebo es una población que a lo largo de la historia ha sabido sacarle provecho al privilegiado entorno natural en el que se halla. La huerta y los cítricos han sido sus señas de identidad, el secano creció en las esforzadas terrazas construidas en las laderas de Jálama y de otros montes, la ganadería extensiva se benefició de los extensos pastizales y la molienda floreció en las riveras que recorren todo el término: a mediados del siglo XVIII, por ejemplo, había una veintena de molinos. A comienzos del siglo XX se erige la central hidroeléctrica La Cervigona, que proporcionaba fluido a la comarca, y décadas después las minas de wolframio, activas hasta los años cincuenta, atrajeron migrantes y repartieron riqueza, de forma que el pueblo superó los tres mil habitantes.

Los cambios macroeconómicos de la segunda mitad del siglo XX, con el fin de los usos agrarios tradicionales, acabaron con todo ello. El campo se abandonó y la población descendió hasta los mínimos actuales. Acebo apenas supera hoy los quinientos habitantes. El desarrollismo franquista trajo repoblaciones forestales con perspectiva maderera, todo un desatino: 

Los pinos se impusieron a la vegetación autóctona y expulsaron a la ganadería de los bosques, que eran sus desbrozadoras naturales. El abandono del pastoreo y de la silvicultura, y la presencia de árboles altamente combustibles, agravaron los incendios, que han estado asolando la comarca de forma cíclica. Todo daba a entender que con el desastre de 2015 por fin habíamos aprendido la lección, pero no ha sido así.

Todos los políticos corrieron en agosto de 2015 a hacerse la foto con las brasas aún candentes. El presidente Fernández Vara lamentó que los vecinos tuvieran que ver la vida en blanco y negro y prometió hacer lo posible para devolver el color. El gobierno regional dijo que cambiaría su política de montes con un Plan de Aprovechamiento Forestal, y que se recuperarían los terrenos arrasados con actuaciones programadas y consensuadas con los expertos, ayuntamientos y colectivos afectados. 

El proyecto Mosaico, por ejemplo, con sus cortafuegos productivos, era toda una esperanza para el renacer del agro. El ambiente, además, era más que favorable para iniciar esta nueva etapa, pues todas las fuerzas vivas de la comarca, e incluso de fuera de ella, estaban dispuestas a echar una mano.

¿Cuál es la situación seis años después? Pues que no ha habido más repoblaciones que las planeadas por colectivos particulares y que las propuestas de los expertos y las iniciativas de los emprendedores han chocado con dificultades legales sin cuento y la inflexibilidad administrativa. 

O sea, con la burocracia en estado puro y duro. Señores de la Junta: para esto no necesitamos autonomía que valga. Cumplan de una vez sus promesas y faciliten la vida a la gente. El campo se muere y necesita algo más que las migajas de los planes de empleo rural, por mucho que esto les sirva para cosechar votos y anestesiar voluntades.
 

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