España ha vivido en lo que va de siglo una docena de grandes accidentes ferroviarios, que han dejado más de 180 víctimas mortales. El más reciente, en Adamuz, Córdoba, es el accidente más grave que afecta directamente a la alta velocidad española.
El más letal ocurrió en julio de 2013, cuando un tren Alvia que cubría la ruta Madrid–Ferrol descarriló en Angrois, Santiago de Compostela. 80 personas perdieron la vida aquel día, en el accidente más trágico de este siglo. Ambos trenes circulaban rápido, aunque en contextos diferentes: el de Galicia lo hacía por una vía convencional, mientras que los trenes de Adamuz circulaban por una línea de alta velocidad. Por eso, aunque el de Angrois fue más mortal, el de Adamuz marca el accidente más grave de la alta velocidad.
Otros accidentes ferroviarios con cifras mortales inferiores, pero igualmente dolorosas han sacudido al país en los últimos 25 años.
Doce personas murieron en Lorca en 2001 y otras doce en Castelldefels en 2010, ambas víctimas de arrollamientos.
En 2006, siete personas fallecieron en Villada, Palencia; en 2004, once murieron en Hellín y Salamanca; y en 2016, cuatro personas perdieron la vida en O Porriño. Un balance doloroso que recuerda, de manera trágica, que detrás de cada cifra hay vidas humanas.