30 Julio 2021, 21:04
Actualizado 30 Julio 2021, 21:25

El Teatro Romano tiene la maravillosa y camaleónica habilidad de hacerte reír y llorar, y cantar y (consejero, no lea esto) bailar. Sólo has de descalzarte (las cuñas hacen mucho ruido en la falsa piedra, de ahí las sandalias de los eméritos) y sentarte virgen (Fillia, te adoro) en la grada. 


Música, luz, color y magia. Eso nos prometieron y lo prometido es deuda. Así que ayer el 'marco incomparable' (a ver si entre todos encontramos una alocución más moderna) se convirtió en un hermoso circo bajo las estrellas. "Quiero recordar cada uno de los minutos de esta noche", decía tras la función Carlos Lastre, que anoche se estrenaba en Mérida. Es Pseudolus en 'Golfus de Roma', un esclavo descarado, guasón y un poco liante que supo ganarse al público carcajada a carcajada. El actor y humorista valenciano encabeza un reparto multifunciones que lo mismo tocan la trompeta, que hacen el pino, malabares o sonar una cuchara.

"El corazón me va como una bomba", confesaba Oriolo después en el peristilo. Pobre hombre ¡y aún le faltan cuatro vueltas. "Si hemos hecho feliz a la gente por un rato, yo me quedo con eso". Y yo, Ana San Martín. Porque cuando ríes, cantas, bailas y aplaudes mucho (así, todo junto) vuelves a casa con una sonrisa que no te cabe en la cara. Aunque estés muerta de hambre y de sueño porque son casi las seis de la mañana y piensas: "oh, dioses, en tres horas sonará la alarma". Cuando ríes, cantas, bailas y aplaudes mucho (así, todo junto) el corazón late fuerte en el pecho y te explotan cositas en la barriga.
¡Qué cosquillas! Y qué bonito el amanecer desde el Cruce de las Herrerías.