8 Octubre 2021, 20:05
Actualizado 8 Octubre 2021, 20:51

Mitomachismos: machismos míticos

Mitomachismos, que no micromachismos. Porque no son mínimos ni minúsculos los que nos atacan hoy, pero sí míticos y milenarios y de eso, no hay duda. Así surgió el nombre de esta sección para Iguales, el nuevo programa de Canal Extremadura Radio, presentado por Luz Carmen Herrera, que acaba de estrenarse en la radio pública autonómica. La inspiración del título para la sección la tomé de Silvia Zarco, filóloga clásica,  extremeña humanista, activista, feminista...y teatrera (es como se define ella. Y léanse, por favor,  Las Suplicantes. Es como tener una cita con Esquilo, Euípides y Silvia, y no poder parar de emocionarse.  Lean sabiendo que les van a doler muchísimo, eso sí, los dolores de las danaides. Pero compren el libro y lean. Y recuerden, si la vieron, la puesta en escena dirigida por Eva Romero, también extremeña, filóloga clásica y artivista, como se describe ella. Eva no lo sabe todavía, por cierto, pero participará algún día en este programa.) Silvia tuvo la idea del nombre en cuanto le esbocé lo que queríamos hacer: mitomachismos, dijo. Porque de aquellos polvos estos lodos. Y porque somos como somos por venir de donde venimos.

Gladiadoras saltando a la arena, mujeres libres conquistando espacios de hombres

Lucha, militar, escudo, guerra y fuerza suenan a hombre. Suenan porque es lo que nos han contado. Y suenan también porque nos lo hemos creído. Es un mitomachismo en toda regla. Porque había, y existían, aunque no nos lo hayan relatado, mujeres estrategas y guerreras; y atletas y gladiadoras, hace miles de años. Un momento, un momento…¿gladiadoras? Sí, gladiadoras. ¿Pero como objeto sexual? Pues no, miren. Gladiadoras como atletas, como profesionales y admiradas por buena parte del público de Roma. ¿Que por qué no sabemos casi nada de ellas? Adivinen: la sombra de patriarcado no las cobijaba demasiado.

Pero algo sí sabemos. Sabemos que participaron en la arena del Colosseo, por ejemplo, porque lo han contado Dion Casio o Juvenal, que en sus relatos ya hablan de mujeres luchando en el gran anfiteatro de la capital del Imperio. A Juvenal no le hacían ninguna gracia. No entendía por qué querían igualarse a los hombres y luchar como hombres, para entretenimiento del público. Que lo hiciera una esclava, bueno, pero que una mujer libre saliera de su casa, se quitara la stola y la túnica y se fuera a la palestra a entrenar como un hombre y luego, a la arena a luchar como un hombre, no lo soportaba.

Pero no fueron pocas las mujeres libres y con derechos de los de aquella época, las que decidieron conquistar ese espacio. Luchaban entre ellas, vestidas como ellos: con el pecho descubierto y un arma, según su especialidad. Lo sabemos por escritos de hombres, sí, pero también porque Septimio Severo prohibió específicamente, en un decreto del año 200, que las mujeres libres lucharan en la arena.  Y lo sabemos también porque la arqueología ha descubierto tumbas con restos de mujeres gladiadoras.

Juvenal criticó que las mujeres libres decidieran profesionalizarse como gladiadoras
Una gladiadora en Emerita Ludica

 

El espejo de Atenea, de las Amazonas y  el eco del matriarcado

Por su atuendo, las gladiatrix recordarían seguramente, a varios mitos. Entre ellos, al de Las Amazonas, hijas Ares (Marte, en Roma),  que era el dios de la guerra. Luchaban con el pecho descubierto y fueron dibujadas y contadas como terribles y temibles guerreras . Un mitomachismo que escondía detrás una realidad histórica inasumible para el patriarcado grecolatino: la realidad de una sociedad matriarcal , que habitó en las mesetas euroasiáticas y que supo hacer valer su fuerza cuando la guerra era casi el único modo de defenderse.

Las Amazonas eran las hijas de Ares, dios de la guerra y se enfrentaron a héroes como Aquiles o Hércules
Las Amazonas eran las hijas de Ares, dios de la guerra y se enfrentaron a héroes como Aquiles o Hércules

Quizá las gladiadoras , antes de dar pasos hacia la arena, se miraran en el espejo de esas Amazonas. Pero puede que también lo hicieran en el de Atenea (Minerva, en Roma), que era diosa de la estrategia militar y de la inteligencia,  y que representaba todo lo que no representaba el bruto, bestia y sanguinario de su hermano Ares (Marte, en Roma). 

Atenea (Minerva) era la diosa de la inteligencia y de la estrategia militar
Atenea (Minerva) era la diosa de la inteligencia y de la estrategia militar

Realmente no lo sabemos. No sabemos de dónde sacaron las agallas. Pero se miraran donde se miraran, las gladatrix de hace miles de años, saltaron a la arena. Ignoramos con qué red, pero saltaron. Ojalá conociéramos los detalles. Ojalá hubiesen sido ellas las escritoras de su propia historia para contarnos que, a pesar de las críticas y los chistes, se atrevieron a romper techos de cristal (aunque fueran más bien de hierro, en aquella época). Lo harían, imaginamos, en latín, con declinaciones, con muchos acentos y seguramente, en grado superlativo. Aunque a nadie le haya interesado contarlo.

Ellas, que somos nosotras

El artículo ha terminado ya pero hago un aparte aquí para asumir un reproche. Dijo en su conferencia de ayer en Mérida (este artículo se ha escrito el  8 de octubre de 2021) Manuel Pimentel (editor, escritor y divulgador, y también exministro) que tenemos en el presente, la ilógica costumbre de  hablar de nuestra historia como si fuera ajena: “Decimos: los romanos hacían esto, los griegos lo otro. Como si no fueran parte de nosotros ”.

Yo, por ejemplo, que quiero aprovechar Emerita Ludica para hablar de las gladiadoras e intentar, como siempre, explicarnos la desigualdad y explicarnos a nosotras, he escrito y  he hablado de ellas, prácticamente todo el tiempo en tercera persona.  Como si esas gladiadoras no fuésemos tu madre, tu hija, tu pareja, tu nieta, tu abuela, tu prima, tu amiga. Como si no fueses  o no fuese yo. Como si no fuésemos lo que ellas vivieron y cómo se les trató.  Como si no fuésemos nosotros. Como si no fuésemos nosotras.

 

 

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