Vino de pitarra en un pueblo de La Vera extremeña.
El vino de pitarra no presume de etiquetas ni grandes bodegas, pero para muchos extremeños es mucho más que una bebida: es una forma de convivencia. Así lo recoge un estudio elaborado por la Universidad de Extremadura (UEx), que pone el foco en una tradición que nace en el lagar y continúa en el bar, donde el “chato” marca el ritmo de la conversación.
Lejos de las producciones industriales, el pitarra mantiene vivo un modelo basado en la cooperación vecinal. Las herramientas necesarias para su elaboración, como despalilladoras, estrujadoras o prensas, se compartían entre vecinos, barrios o incluso familias completas. Luis López-Lago, investigador de la UEx, señala que "algunas de las herramientas que se usan para su elaboración se compartían de manera comunal entre vecinos de un mismo barrio, de una misma localidad o entre una familia”.
El bar, el último eslabón del lagar
La colaboración en el lagar encuentra su continuación en el mostrador. El estudio recoge cómo el pitarra se convierte en un vehículo de socialización muy particular: un vino económico, servido en chatos y que se bebe despacio, generando conversaciones largas que hacen del bar el verdadero ágora de la vida rural.
En comarcas como La Vera, los pitarreros siguen elaborando este vino por pura pasión. Defienden un producto que depende más del cielo que de la química, un vino honesto, orgulloso de sus virtudes y también de sus defectos. Manuel Cañadas, el presidente de APIVE, la Asociación de Pitarreros Veratos, señala que hacer el vino "ya no es una necesidad" sino que se hace "por hobby".
Pese al arraigo cultural, este patrimonio etnográfico se encuentra en riesgo. La falta de relevo generacional amenaza con dejar huérfanas las viñas y las bodegas familiares.
La tradición del pitarra, que durante décadas ha estrechado lazos entre vecinos y ha marcado la vida social de los pueblos, lucha hoy por resistir. Un patrimonio humilde, cotidiano y compartido que trata de evitar convertirse en el último trago de una historia que forma parte de la identidad rural extremeña.
Investigadores extremeños reivindican el vino de pitarra como patrimonio cultural inmaterial