11 Abril 2026, 14:35
Actualizado 11 Abril 2026, 14:35

El diagnóstico de enfermedad de Parkinson llegó para Manuel Calderón entre septiembre y octubre de 2024, aunque, como él mismo reconoce, llevaba meses notando que algo no iba bien. “Tenía muchos problemas, sobre todo al andar. Llegué a caerme dos veces”, recuerda. La confirmación médica fue clara y directa: tenía párkinson.

Desde entonces, su día a día ha cambiado de forma notable. “Es muy limitante: el habla, el andar, el temblor…”, explica. A ello se suma una realidad difícil de asumir: el párkinson no tiene cura. Aun así, insiste en que existen herramientas para mejorar la calidad de vida. “Puedes mejorar con la medicación, y son muy interesantes las terapias que hacemos en la asociación”.

La ayuda, fundamental

En ese proceso, el papel de los profesionales resulta clave. La terapeuta ocupacional Julia González subraya la importancia de actuar cuanto antes: “No hay que esperar a que haya síntomas, sino actuar cuanto antes para que la enfermedad no progrese".

Julia también pone el foco en los llamados síntomas no motores, muchas veces invisibles: “Falta de equilibrio, pérdida del control postural o las alteraciones en la marcha, es cuando nos tenemos que alertar”. Por eso, insiste, conocer la enfermedad es fundamental para entenderla y afrontarla.

Más allá del impacto físico, Manuel señala el componente social como uno de los aspectos más duros. “Hay un lema que dice que lo peor del párkinson es cómo me miras”, afirma. Aun así, tiene claro que la visibilidad es clave: “Hay que decirlo, no se puede ocultar. Decir ‘tengo párkinson’, así conciencias a la gente de que no es un capricho, es una enfermedad”.

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