4 Febrero 2021, 16:30
Actualizado 4 Febrero 2021, 16:30

Como cada año, a principio de este mes de febrero, los almendros empiezan a pintar de blanco y de rosa los campos del sur de la provincia pacense. Un frutal traído, al igual que el olivo, por fenicios y cartagineses hace 3.000 años y que ha convertido a España en la tercera productora mundial, tras Estados Unidos y Australia, con una superficie de 550.000 hectáreas. De ellas, 2.500 están en Extremadura, repartidas en las dos provincias y tanto en cultivos de secano como de regadío. 

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Se trata de un cultivo típicamente mediterráneo, que se adapta muy bien a los extremos climáticos, sobre todo a la escasez de precipitaciones y a las altas temperaturas del verano. Lleva muy bien las heladas ya que es capaz de soportar valores de hasta -15ºC. Tampoco es muy exigente en la calidad de los suelos. Estas características lo convierten en un árbol todoterreno. 

Sin embargo, unas condiciones ambientales óptimas (temperatura, lluvia, humedad relativa…) hacen que su producción aumente considerablemente y más aún en regadío. Estamos hablando de un aumento 10 veces mayor que por el método tradicional de secano.

La almendra es un fruto rico en calcio, hierro y proteínas.

 

Se ha estudiado que el rango óptimo de temperaturas está entre los 25 y los 30ºC. Entre estos valores la actividad fotosintética es máxima. En cambio, el almendro acusa una fuerte disminución a temperaturas inferiores a los 15 o superiores a los 35. 


Que tengamos un invierno frío es clave para que árboles y plantas puedan descansar y así tener más fuerza para la primavera siguiente produciendo más y mejor. Cada especie necesita un mínimo de horas de frío; es decir, un acumulado de horas en el cual la temperatura no llega a un umbral establecido, por lo general, entre 0 y 7ºC. Es partir de este valor, cuando el árbol empieza a despertar. 

El almendro no es una excepción. Dependiendo de las variedades, el árbol necesita entre 100 y 400 horas de frío (aunque algunos estudiosos lo estiran hasta las 550 horas), similares a las que necesitan otros frutales típicos del Mediterráneo como son la higuera o el olivo. 

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Decíamos al principio que el almendro lleva sin problema los rigores del invierno. Sin embargo, las heladas tardías (con tan sólo -1ºC) con los frutos recién cuajados o las yemas ya hinchadas pueden ser terribles y más teniendo en cuenta que el almendro es uno de los frutales con la floración más temprana. 

Los veranos largos y calurosos que tenemos aquí en Extremadura, con temperaturas máximas por encima de los 35ºC durante varios días (e incluso semanas) provocan que los almendros entren en un estado de parada vegetativa.

Por encima de los 40ºC se ha observado una paralización de la planta y una deshidratación que puede llegar a convertirse en necrosis y caída de las hojas. Todo esto se acentúa más dada la escasez de las precipitaciones en los meses estivales. 

El almendro es capaz de absorber 15 kilos de dióxido de carbono en 20 años


Como ocurre en muchos de estos cultivos, la principal limitación productiva en estas zonas de clima mediterráneo, es la escasez de precipitaciones. Además de su escasa cuantía, se reparte de forma irregular a lo largo de los doce meses, existiendo un periodo acusado de déficit hídrico durante el verano y que, ocasionalmente, se extiende hasta la primavera y el otoño. Además, no es infrecuente que se encadenen varios años con lluvias por debajo de lo normal. 

Sin embargo, el almendro, junto con otros frutales como como el olivo o el pistachero, se adapta bien a estas condiciones de secano, si bien es cierto que su producción desciende notablemente. 

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La humedad relativa del aire juega un papel importante en el desarrollo de las plantas y también lo es en el caso del almendro. Valores muy altos o muy bajos provocan el cierre estomático de las hojas, algo parecido al cierre de los poros de nuestra piel, pero en las plantas. Esta situación repercute de forma negativa en la actividad vegetativa y reproductiva de la planta. Los ambientes húmedos favorecen la proliferación de enfermedades y de plagas, circunstancia que marca un factor limitante en cuanto su cultivo. 

Puede llegar a crecer hasta alcanzar los 10 metros de altura en suelos secos y arenosos

 

Por último, no nos olvidemos del viento. Cuanto más fuerte sea, mayor es la transpiración de la hoja; es decir, más agua exuda. Sin contar que aumentan los efectos de las bajas temperaturas, disminuye claramente la polinización por parte de las abejas, tira al suelo flores y frutos y rompe las ramas. 

Aquí, en Extremadura, ya se pueden ver las primeras flores en la primera quincena del mes de febrero en las comarcas pacenses y en la recta final de este mes en La Vera, Campo Arañuelo y zonas de montaña del norte. La fecha de floración se retrasa según avanzamos hacia el norte. En áreas de la cordillera Cantábrica y de Los Pirineos hay que esperar hasta el mes de abril para ver este magnífico espectáculo. 

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